Textos inéditos
FINAL
DE LOS TIEMPOS
La soledad arrastra su vientre pegajoso por el
embaldosado del patio... Y muy de vez en
cuando un ave lanza un graznido que resume la razón de ser del universo…
Algo de vida serpentea aún en la oquedad
desolada de mi pecho, y se expande por los miembros como tentáculos imposibles
de domesticar. La pócima salvadora vaga por el caudal ruidoso de la sangre,
pero nada hay que se haga eco de su desconocido mandato.
Soy un cuerpo que navega sin rumbo por
estuarios que refulgen bajo la mirada ciega del sol. Y no hay retorno. El
desierto no plegará su alfombra de arena sin límites, para facilitarnos la
tarea de alcanzar una ciudad de seres vivos, piadosos, capaces de hundir el
puñal en la carne sin causar ningún daño…
Veo mi cuerpo que no existe, pero resume el
dolor de todo lo existente… La herida suturada por la bondad de las células, y luego
la aterciopelada caricia de la muerte… ¿Quién optaría por la asistencia de un
médico, que riega sus diagnósticos con una tinta impregnada de dinero y
tormentos?
El guardapelo conserva un mechón de rubia
indulgencia, de tiempo derrotado, de pasado salobre fingiendo una imposible
dulzura. La miel que saborean los muertos es demasiado transparente… casi como
la lluvia.
Alguien optó hoy por la Muerte. Dio el gran
salto hacia los brazos de una madre de hierro, y se estrelló contra un lecho de
palabras huecas y sonrisas de hielo. Después de los últimos acordes de una
serenata de Mozart ya no habrá más música: reinarán únicamente el olvido… y el sonido
del viento…
Camino por una cuerda floja sobre una ciudad
incendiada, sobre antiguos cráteres humeantes y bestias que me lanzan feroces
dentelladas. También veo a seres despavoridos, en busca de redención por
pecados que nunca cometieron.
Las horas duran cada vez más tiempo: un raro
fenómeno provocado quizá por la Corriente del Niño… Los océanos giran en
redondo, vertiginosamente, y las criaturas que los habitan son lanzadas a las
costas de África donde agonizan lentamente, o sirven de alimento a los nativos
que se dan con ellas un festín.
He saboreado unas gotas de felicidad
destiladas por el encanto de un niño. Mis glándulas son incapaces de producir
esa sustancia, que se elimina dicen por la vía hepática, y su fulgor es prontamente reemplazado
por la bilis más negra.
Giro en remolinos de silencio. Las palabras
estúpidas me irritan pero la opacidad del silencio me abruma… y veo una multitud
de espectros junto al patíbulo aplaudiendo silenciosamente. Cuando mi cabeza
ruede en silencio, seré yo el que en silencio lance una sonora carcajada…
Ah, las palabras, despidiendo destellos que
nadie sabe interpretar. Nacen y mueren como insectos de un día, y surcan el
tiempo y el espacio, entre la luz y la sombra, sin emitir ni una queja.
Corrupción de la carne intentando sostener
capiteles de inamovibles estatutos, de leyes cinceladas en la nada, de palabras
sin sentido alguno como “libertad”, que es sólo una vaguedad de tres sílabas,
inventada por lenguas hipócritas… codiciosas…
Los vientos soplan con furia, y grandes
insectos recorren los desiertos que rodean a las ciudades “civilizadas”, mientras
esperan recuperar su reinado.
El mar se extingue, pero los hombres se
debaten, presos en la férrea telaraña de las palabras. Tampoco la tierra
incendiada logra quemar la telaraña de las palabras, que es indestructible. La
telaraña de las palabras puede llegar a colonizar las galaxias más lejanas.
“Paz” es otro señuelo para capturar almas
estúpidas, cerebros agujereados y picos de aves de rapiña. “Paz” es el nombre
de un acorazado fantasma navegando por un río de sangre…
El pasaje más sublime en el concierto para
violín de Mendelssohn debe durar no más de diez compases. No digo que el resto
sea desechable… mi corazón me dice que sólo son compases.
¿Quién ignora que en el interior de las
piedras bulle una vida más intensa que la que gime y se arrastra por las calles
de Londres, Nueva York o París? Pero esa vida es tan límpida y transparente, y
tan despojada de la argucia de las palabras, que sólo un insecto la podría disfrutar…
S. se arropa con sus propias palabras: tiene
un echarpe de adjetivos -para que estén más cerca de la boca-, una blusa de
sustantivos y una pollera de verbos en infinitivo para poder conjugarlos según
la ocasión. ¡Y todos la celebran por su elegancia!
¡Qué empeño ponen los albañiles en levantar
paredes ilusorias! Similar al de las moscas intentando atravesar los vidrios de
las ventanas… o al de los chacales merodeando tumbas vacías…
Primero levantó mi cabeza que yacía
abandonada, con un gesto que, equivocadamente, interpreté como de ternura o tal
vez de piedad. Pero cuando intenté rodear su cintura apartó mi mano…
amablemente.
La lluvia inundó la madriguera y obligó al
animal a permanecer aislado, sumido en ensueños vagamente lascivos, dudando
entre la vida y la muerte, convencido de que el barro es el elemento básico del
que surgió el universo.
Vislumbro el narcisismo silencioso que emana
de sus rodillas, pero el resto de su humanidad es como un odre vacío. ¡Ninguna
rodilla iletrada entendería a Espronceda, o a cualquier otro poeta de su
generación!
Es sábado… o quizá viernes… la lluvia azota
con furia aterradora… pero se baila igual… la lluvia se atempera y la sustituye
un silencio lejano… algunos acordes irreconocibles… y una angustia obstinada… sin
límites precisos…
Es que la noche ha perdido su encanto juvenil.
Hay demasiados espectros en los balcones, demasiadas hogueras en las esquinas,
demasiados pájaros ocultos en los sótanos, demasiada sangre en los rostros de
los asesinos.
El aire empañado por la nostalgia… la vida
detenida en un retrato empañado por la eternidad… y el silbato de un tren que
no conduce a ninguna parte.
Me desconcierta la perfidia que emana de las
máquinas, su respetuosa obediencia siempre a punto de rebelarse, la oscuridad
que pende suspendida del techo, y el estar siempre en manos de un sonámbulo… ciego…
¿Qué hacer para no odiarte, para dejar de
padecer tu dulzura feroz, tu lealtad como una bandera de batalla, tus
estrategias para nombrar sin ofenderlo al demonio que nos acosa día y noche?
El animal escarba con empeño para prodigarse
una madriguera segura, digna, duradera, en la que no ingresen los recuerdos
muertos ni los rastros de antiguas profecías.
Me pregunto cómo arrancarle su máscara al
silencio, sin que en el hogar arda ningún fuego, sin que los días murmuren
mansamente, sin que la angustia abandone su guarida, y sin que la lluvia deje
de arañar, con insistencia, el rostro demacrado del paisaje…
Un cebú asiático se arrodilló ante la hembra
mientras esta paría un chacal que, sin tardanza, se sumergió en la indiferencia
del desierto. (Ningún adivino se atrevió a enarbolar su bastón para interpretar
tan lúgubre profecía).
¡Qué odioso es el crujir de los días, que
entrechocan los dientes con furia contenida, mientras escarban en el agujero
donde se oculta la nada! Entre la angustia y el olvido el resultado de la
contienda, como era de esperar, se pactó anticipadamente.
Estoy harto de servir a los muertos… a sus
osamentas cristalinas… a sus ampulosas cabelleras… a sus garras artísticamente
decoradas… ¡Me niego a tener que acunar sudarios harapientos y a cantar nanas a
historias que ni siquiera comenzaron a naufragar!
La mentira cabalga sobre un caballo blanco,
ovacionada por perros decapitados que aúllan desde sus tripas sanguinolentas y
sus vísceras agusanadas. También están los que juntan el estiércol de la cabalgadura
para usufructuar sus poderes medicinales.
En las trincheras la certeza de la derrota es
absoluta. ¡Habría que ser muy necio para conjeturar lo contrario! Pero
seguiremos cavando hasta el centro de la Tierra porque así estaba escrito…
El ejército de insectos ha invadido la ciudad,
y sus soldados ya mordisquean, tanto los talones resquebrajados de los aldeanos,
como el terciopelo que arrastran las damas más encopetadas de la corte… El
sitio fue tan penoso que ciertos caballeros, acosados por el hambre, supieron
del sabor ácido de sus pelucas.
Estos soldados son particularmente valerosos,
porque en lugar de cabeza ostentan un yelmo herméticamente cerrado, en el que
sólo se abre una boca en la que giran, vertiginosamente, varias filas de
dientes afiladísimos. El yelmo es de acero negro y los dientes de un marfil
sangriento.
La cordura se tambalea… es que el cerebro,
prisionero en su cárcel de hueso se derrite, y al costoso licor lo absorben las
arenas del desierto vecino…
(El miedo es un arma de doble filo: de un lado
la lascivia oculta… del otro la muerte agitando su bandera antigua, su blasón
invencible, sus armas consagradas).
La entrada fue disimulada muy hábilmente:
nadie hubiese dicho que debajo de ese puñado de ramas secas y de hojitas
pulverizadas, se abría la inexorable boca del infierno.
Los soldados recorren las entrañas de sus
trincheras y con un leve roce de las antenas de acero negro, reconocen si el que tienen delante
es un compañero o un enemigo. De tratarse de un intruso, sus dientes de marfil
sangriento entrarían prontamente en acción.
(En medio de las hostilidades se escuchó una
canción como una perla azul. Sin duda se trató de un sueño, pero la canción era
tan límpida y tan dulce… como para creer en la vigilia sin tregua de los
ángeles).
Y el reloj detenido a las cuatro menos cuarto,
como si estuviese empeñado en simular una eternidad pequeña… banal… aterradora…
Los soldados siguen multiplicándose, y no son
pocas las veces en que, por falta de alimento, tienen que apelar al
canibalismo. Sus cadáveres mutilados se apilan en las zonas costeras, y las
gaviotas que revolotean sobre ellos dibujan graciosas curvas.
Hubo un llanto que atravesó el espacio y abrió
un agujero negro en el vientre de la Constelación del Buey. (Muchas serán las
vidas miserables que tendré que vivir por haber provocado ese llanto).
Cuando deambulan por las calles, los soldados
se codean con los muertos. Las fuerzas de uno y otro bando son equivalentes, y es
por eso es que muertos y soldados hacen gala de una hermandad desmesurada… en
la que nadie cree.
La estupidez humana, encaramada en un podio de
terciopelo rojo, emite canalladas y lugares comunes, torpezas inauditas,
simplezas vergonzosas, crímenes disfrazados de
leyes primordiales, injurias, ditirambos, y un himno altisonante que
ensalza a la ignorancia, gruñidos, cacareos, eructos, bendiciones, balidos y estornudos, mientras la muchedumbre aplaude
entusiasmada.
El problema son las horas, que por primera vez
desde que existen los relojes, duran días enteros. La consecuencia lógica de
tamaña aberración es que de ahora en más los días durarán meses, los meses durarán
años, y así sucesivamente, hasta que las trompetas del Juicio atraviesen la
serenidad de las nubes…
A su último juguete el niño lo llamó “Árbol”.
Su sabiduría innata supera a la de los doctores que en el Templo polemizan sobre
la dispepsia de Dios, o sobre los estilos de vuelo de los ángeles.
El cadáver del prócer, aclamado (vituperado)
por todos, interpreta su postrero papel desde un túmulo de oro macizo. Y las
estupideces vomitadas por poetas adulones de segundo orden se van acumulando junto
al féretro, como si se tratara de hojas secas.
¿Por qué nadie es capaz de reconocer sus
miserias? Todos dicen descender de Júpiter, que cuando nacieron el sol salió
por el Oeste, o que su sapiencia, su honradez y su ansia de justicia serán
escritas con luces de neón en el cielo, para modelo de las generaciones futuras…
Los insectos que ocuparon la ciudad veneran un
montículo de tierra que despide un olor nauseabundo. Nosotros no sabemos de qué
se trata, pero estimamos que si sólo fuera bosta de vaca ya estaría seca hace mucho tiempo.
¡Y la crueldad del frío!, que hoy es inaudita.
De ello se deduce que el infierno debería ser frío y no caliente. En lugar de
llamas besando buenamente los huesos de los muertos, sarcófagos de hielo
inmortalizando el horror de los pecados… y su olvido.
También el viento hace lo suyo: arrastra
últimas ediciones de la Biblia, palmeras tropicales, ruinas que aún perduran
del templo de Diana en Éfeso, murciélagos sin alas, flores depositadas en la tumba de una suicida…
su mirada sagaz… sus ademanes deliciosos…
La agonía comienza con el alba. La lucha la
libran el ansia de vivir una vida sin sentido, y el ansia de morir una muerte
también sin sentido, pero desconocida, ancha como el aire, inaudible como un
oratorio que Bach nunca compuso, invisible como un cielo que nadie pintó jamás.
El cerebro padece una prisión injusta en su
cárcel de hueso. Sueña con poder estallar como una supernova, y que sus fuegos
de artificio, deslumbrantes, lleguen a la Tierra millones de años después.
Internarse en las calles desconocidas del
sueño, en sus parques por los que no circula ni un alma, o en la inquietud por las
señales de una tormenta que se avecina… internarse, digo, en los imprecisos
peligros del sueño, para mí resulta tan terrorífico como el acto de despertar.
Pero hay una serenata de Tchaikovsky -creo que
en Do mayor- que ha demostrado su eficacia para aventar espectros nocturnos, y
otros engendros abominables que por la noche rondan a los durmientes.
Los soldados con sus yelmos de acero negro y
sus dientes de marfil sangriento, han comenzado a socavar las columnas que
sostienen el palacio imperial.
(Se descubrió que el cedro del Líbano, la
caoba rojiza y el ébano renegrido flotaban en un lago de heces antiguas y venerables).
Está demostrado que nada podemos hacer contra
el enemigo: su forma de reproducción es un mecanismo según el cual, por cada
soldado muerto en combate son generados tres nuevos ejemplares para
reemplazarlo. Lo llaman “la inmortalidad de la raza”.
Nada podemos contra esa inmortalidad de la
muerte que serpentea bajo tierra con yelmos de acero negro, mientras la
estupidez humana grazna desde el podio y la muchedumbre aplaude entusiasmada… Lo
nuestro es una suerte de capitulación somnolienta… de entrega resignada…
Las palabras siguen llenando el vacío de los
cráneos y corrompiendo el licor de los cerebros, hasta que la verborrea inunda
todo el cuerpo y lo convierte en un amasijo de palabras. Es que las palabras
muertas son un manjar muy apreciado por las especies carroñeras.
En cambio los soldados perfectos destinados a
rematar a una civilización que agoniza, no hablan. Sus dientes de marfil
sangriento son los que hablan por ellos ¡y basta!
Donde se levantaba el palacio imperial,
solamente queda una masa informe de cedro del Líbano, caoba rojiza y ébano
renegrido, mordisqueada febrilmente por dientes que nunca oyeron la palabra
“justicia”.
(El emperador escapó disfrazado de panda
gigante, y la emperatriz caracterizada como la Reina de las Mariposas. Nunca la
majestad imperial se vio tan ultrajada, y sólo fue por estupor que los guardias,
aun después de reconocerlos, dudaron en asesinarlos).
Todo el mundo opina que el caos es generalizado:
el frío es atroz, los lobos buscan abrigo bajo las alacenas, gritos
desesperados provienen del sanctasanctórum del Templo, y hay animales
desconocidos patrullando las calles, bajo corazas invulnerables erizadas de
espinas… ¿Será lo que se llama el final de los tiempos?
Y más. Los que han pretendido escapar han
regresado horrorizados diciendo, algunos que los océanos son ahora témpanos
colosales que tornan imposible la navegación, y otros que, donde hubo mares, sólo
quedan fosas calcinadas por donde vagan las alimañas.
El sol debe estar apagándose, y aun así
algunos se reúnen para enhebrar palabras sin sentido a lo que llaman “poesía”,
y juegan a regocijarse con esas necedades que al punto estallan como pompas de
jabón. (También los grandes planetas, como el poderoso Júpiter, estallarán como
pompas de jabón).
Otros recorren las calles cantando viejos
himnos religiosos -¡se los atribuyen a Mozart!- con voces lúgubres y
desgastadas, intentando de ese modo aplacar la ira de un Dios que no existe,
pero cuya maldad es infinita…
(Están también los que murmuran que el frío no
puede ser natural: quizá naves no tripuladas estén bombardeando el sol con
grandes concentraciones de palabras, para luego exportar el hielo de los océanos
a otras galaxias más calientes).
El animal vaga por las galerías de su cueva
con desesperada impaciencia. Sabe que sus días están contados -lo están desde
su nacimiento-, pero recién hoy comprobó que las hojas del almanaque fueron cayendo
con estudiada malicia… una a una… sin ruido.
Y tampoco se atreve a sacar el hocico fuera de
la madriguera: el grado de toxicidad que contiene la niebla de la angustia aún
no fue calculado.
El frío lo congela todo: de las palabras
cuelgan estalactitas que se astillan apenas uno las toca, aunque las
reflexiones de los filósofos alemanes continúen intactas, como barras de hielo
inalterables…
Los grandes coleópteros ya se han apoderado de
todo, pero su asedio es ahora cada vez más específico: vigilan cada nido, cada
madriguera, cada teatro, cada laboratorio, cada asilo de ancianos, cada rostro
y cada piedra. Estoy condenado a no poder abandonar más mi agujero.
Al frío se han sumado también lluvias
torrenciales, que transmutan el paisaje en un sarcófago de plomo incendiado por
los relámpagos, y en el que la ira ensordecedora de los truenos rasga los sudarios
de los muertos. Ni las tormentas de la patrona de América, coronada de rosas, fueron
tan devastadoras…
Dando increíbles saltos, que nadie hubiera
imaginado que pudieran dar, los coleópteros capturan y eliminan palabras como
rayo, trueno, lluvia, sepulcro, horca, culpa, orgullo, avaricia, muerte… En
cambio abanican con alas membranosas los términos que más adoran: paz,
libertad, amor, poesía…
(Se filtró el dato de que las tropas de
ocupación acostumbran matar y devorar a su jefe, que con frecuencia es un ser cruel
y despiadado, y ello genera rencillas tan sangrientas como las que se acumulan
en nuestra historia).
Ocultándonos detrás de unas matas, hoy logramos
ver al nuevo emperador. Caminaba bajo un palio de oro pero lo hacía
trabajosamente, quizá por su extrema obesidad, y dejaba a su paso una secreción
viscosa y repulsiva, como la que exudan las babosas.
Hemos empezado a creer que los invasores
cuentan con ruines colaboracionistas: ¿cómo, si no, hubieran podido levantar
esa fila de horcas tan hermosamente alineadas?
Nuestra ilusión de que el tiempo pudiera ser
divisible se ha extinguido. A la diferencia entre el día y la noche la
reemplaza ahora una continua penumbra, sucia y asfixiante, atravesada sólo por pesadas
sombras que arrastran cuerpos hacia el patíbulo.
Y todo transcurre en un mortal silencio,
interrumpido sólo por algún gruñido o por alguno que otro grito, que es prontamente
estrangulado… Eso pareciera indicar que el vasto imperio de las palabras no
existe ya…
Pero nuestros nuevos dueños son afectos,
siempre en silencio, a divertirse brutalmente: se atropellan y arañan con sus
filosas patas, y si alguno queda vuelto de espaldas, balanceándose sobre su
coraza combada, no hay quien lo auxilie y muere así.
En cuanto al sol, es evidente que continúa
apagándose. Unos resplandores muy débiles parecieron indicar lo contrario, pero
sin duda se trata de sus últimos estertores.


Excelente Ud; soy Orlando Valdez
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